lunes, 7 de agosto de 2017

Corazón tan blanco. Autor: Javier Marías. Con sinopsis.


Corazón tan blanco (1992) es la nueva y última novela de Javier Marías (1951). Se trata de una obra de 300 páginas en la que un traductor de congresos internacionales nos revela en primera persona las distintas facetas de su intimidad. La intimidad profesional que descubre jocosas entrevistas de presidentes europeos -español incluido-; la intimidad familiar que se extiende hasta la abuela de Cuba y sus canciones de serpientes infantiles; la intimidad conyugal de su reciente matrimonio con Luisa, colega de congresos internacionales; la intimidad estudiantil con Berta en su apartamento de Nueva York. En cada buceo por estas intimidades desveladas por el protagonista, vamos asistiendo a una anatomía feroz del corazón inocente y fatigado del mundo. Abundan las reflexiones graves que en momentos parecen tensar la página hasta hacerla restallar. Si tal cosa es posible. O si yo leo bien.
La fórmula de Marías de aunar o conjugar humor y gravedad, que tan excelente resultado ofrecía en Todas las almas (1989), tiene su continuación en esta nueva novela. Pero hay algo nuevo y distinto. La gravedad se ha acerado más y casi diría que resulta hiriente de tan afilada. Algo así como el bisturí de plata de un artista sin corazón. O con un corazón mortal. Marías, que tanto debe a Sterne, quizá entienda lo que intento expresar. Hay un soplo de Macbeth en la novela que puede helar el ánimo del más curtido corazón de lector. En ese sentido la novela es magistral en su lucidez atroz y avasalladora. Ni siquiera Benet y, por supuesto, ningún otro novelista español -joven o sesudo- nos ha entregado una novela igual en los últimos diez o veinte años. Ni siquiera Unamuno caló tan hondo en el corazón español. Y creo haber leído a Unamuno. ¿Estoy exagerando? Lean la novela.
Marías juega en esta ocasión bien a fondo la indefinible frontera entre autobiografía y novela. Hay retratos fantásticos e inconfundibles de seres reales y próximos, algunos quizá demasiado próximos y perturbadores. Y creo saber lo que digo, por desgracia. Y no me refiero al inquilino de la Moncloa, precisamente.
Hay páginas dignas de Sterne, como las de la novia de la papelería de Madrid. Pasajes divertidísimos, como el del Rembrandt del Prado. Escenas dignas de Hitchcock, como el espionaje por las calles de Nueva York. Y al fondo, o en primer plano perenne, la eterna mirada voraz que vigila y es vigilada en una secuencia de ojos que espían el curso sinuoso y turbio de la vida. Miriam, Berta, Luisa, Ranz, Custardoy, Villalobos. La vieja canción que todo lo une como una serpiente infantil y terrible que todo lo devora. Y el afán de que la memoria salve los restos del naufragio. Nunca hubo nada, se nos dice. Nunca hay nada, se nos repite. El tiempo se desdobla y ramifica en relatos que vuelven y conforman una novela prodigiosa de fuerza y magia evocadora.
No sabría decir si el estilo de Marías se ha superado en esta ocasión. Creo que todo ha sido puesto al servicio de un río poderoso que empujaba el curso de la novela, como un río que se deshiela y no respeta nada. Junto a la canción cubana, la cita de Macbeth sobre el corazón blanco impulsa la lectura y nos arrastran a leer de un tirón una novela inolvidable que tiene dos capítulos iniciales de infarto. Como esas oberturas de Spielberg que ponen el alma en vilo. Sin duda, es la mejor novela de Marías. Y quieran los dioses que vengan más en el futuro. No sé si será fácil que se repita el brío que ha obtenido en ésta. No le resultará faena envidiable.
La novela cuenta la razón de la muerte de dos esposas de Ranz, el padre del narrador-traductor. Pero sólo se trata de un leve anzuelo para captar al lector distraído de hoy en día. Cada página estalla con dinamita sentimental. No sé si volveré a leer en mi vida una novela que me produzca algo similar.


César Pérez Gracia

Heraldo de Aragón
20 febrero, 1992

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